Crónica de un turismo sostenible en una playita escondida

Empecemos por no decir mentiras! Llegar aquí me puso algo nerviosa. El vuelo a Cartagena desde Bogotá es lo más corto y sencillo, casi ni lo percibes. Pero luego encontrarnos con el conductor que nos traería hasta acá, nos tomó unas cinco llamadas y un par de ajustes. Una hora más tarde de lo previsto, recogimos una pasajera extranjera en un hostal de Cartagena y emprendidos nuestro trayecto, para llegar hasta este escondite del mundo.

Normalmente debería habernos tomado sólo 2 horas, sin embargo en realidad fueron 4. Hay una parte de la vía con cierres parciales, donde dan pasó a un sólo carril cada 10 minutos o más. Nuestro conductor, conocía muy bien la vía, en ocasiones la conocía tan bien que aceleraba más de lo necesario, así que mejor decidí dormirme y acompañar el sueño profundo de mi hijo de 4 años, quien casi no se percató del trayecto por tierra: gracias a la madrugada para el vuelo desde Bogotá , adelantó sus horas de sueño mientras cruzabamos por tierra el departamento de Bolívar hacia Sucre.

En Sucre, finalmente, llegamos a San Onofre, y creímos que ya casi habíamos llegado, que era ahí no más, a la vuelta de la esquina, pero no. Son otros 20 minutos de recorrido por una vía destapada más que todo. Yo ya quería ver el mar, el destino prometido, ese lugar del que sólo habíamos leído cosas buenas, pero que parecía no querer ser encontrado. Ahí, de repente me puse nerviosa, miraba a Sebas, y pensé que tal vez habíamos escogido un destino muy remoto.

En carro llegas solamemte hasta cierta parte de la única calle de arena, que divide este lugar. De ahí caminamos con nuestras maletas 10 minutos más, cruzamos un puente improvisado de maderos… Y entonces comienza la función, la magia. El mar le da la bienvenida a los arroyos que pasan por el manglar y se le suman, y tu vas ahí, caminando encima de ese puente improvisado, que pasa por encima de esta historia de aguas.

Pasas por casitas pequeñitas, algunas improvisadas, otras más estructuradas y empiezas a conocer gente con vida de otro ritmo. Tal vez es el ritmo de las olas, tal vez el de una brisa que despeja las imposiciones de una ciudad o tal vez un ritmo que ellos mismos se han inventado en ese Rincón del Mar. Y así les presentó nuestra destinación de turismo sostenible: Rincón del Mar. Un caserío, porque no es considerado un pueblo si quiera. Es literalmente un Rincón donde el Mar es la vida.

En este rinconcito del mundo, tanto los locales como algunos extranjeros enamorados del lugar, tratan de hacer turismo de manera diferente, de manera sostenible. Nosotros llegamos a un hotel/hostal con un enfoque sostenible y ecológico que te contagia: Dos Aguas Lodge. Se llama así porque, al frente tienes el agua del mar a 30 pasos y atrás el agua del manglar.

Los dueños te hacen sentir como en casa, y te apropian de tu parte en este tema de hacer turismo consiente. Desde el e-mail de bienvenida, te recuerdan el reducir y evitar el uso de plástico, el valorar el agua de las llaves porque aquí no hay alcantarillado público y el uso consciente de la electricidad. Te invitan constantemente a no comprar botellas de agua, para ello proveen agua potable en botellas de vidrio que siempre están llenas y disponibles para rellenar tus botellas reutilizables y salir a disfrutar. Apoyan el emprendimiento local, informando sobre planes turisticos y sostenibles ofrecidos por locales a quienes les pagas directamente, así que el hotel realmente no se queda con nada. Ofrecen desayuno y comida vegetariana, pero no almuerzo para apoyar los restaurantes locales. Además, te informan de las especies marinas que están amenazadas por la pesca indiscriminada y te invitan a no consumirlos para promover su conservación. Adicionalmente, me di cuenta que una de las fundadoras, se sentaba con las trabajadoras locales del hotel y les revisaba lecciones para aprender inglés, y que los domingos invitan a los niños locales del barrio para enseñarles sobre el mar, para darles una visión más amplia de los recursos que tienen alrededor, enseñarles a cuidarlos y valorarlos como parte de una cadena sin fin que permite nuestra vida en este planeta.

Debo hacer otra confesión: al hotel le debemos gran parte del éxito de estas vacaciones en familia. El Dos Aguas Lodge, es pequeño, casi hasta familiar, me atrevería a decir. La estructura es un rectángulo, todo hecho de materiales en su gran mayoría naturales, las habitaciones se sitúan en dos líneas de corredores, no hay televisor, ni radio, ni reloj, pero si suficientes ventiladores y camas con mosquiteros. Todas las habitaciones tienen dos entradas: una puerta que da al corredor lateral y otras puertas plegables que dan a un jardín lleno de plantas locales, ese es el corazón del lugar. En la parte de atrás, hay un balcón de paz con hamacas para huir del sol, un pequeño muelle y la majestuosa vista de un manglar que la comunidad se ha esforzado por recuperar y proteger. La historia del manglar nos la contó Anderson, un líder comunitario y guía de un pequeño paseo en canoa. Nos enseñó que sin cangrejos no hay manglar, que recuperar este sistema ha sido una lucha, pero que las ganas y el esfuerzo cada vez traen más beneficios.

Siguiendo con el recorrido del hotel, en la parte del frente, esta la vista al mar, el lobby, el restaurante, el bar, todo en un solo espacio abierto. En la playa, ofrecen sin ningún costó, sillas playeras y carpitas rústicas con tela de materiales naturales para dar algo de sombra, porque el sol de allá es picante!

Y déjame hablarte de esta playa! El agua es refrescante, pero nunca fría. Con unas olas tranquilas, que en el atardecer se ponen algo juguetonas. La arena es blandita y no hay piedras. Entras y no quieres salir, flotas y el mundo al revés mirando ese cielo de colores, de repente tiene más sentido que nunca. Es un lugar hecho pura emoción personal. Los atardeceres son rosados, los locales son amables y sonrientes, claro que te van a ofrecer masajes y collares de coral, y ostras y hasta canciones, pero no son intensos, respetan tu espacio y son agradables. Esta no es esa playa de música estridente y plan de rumba hasta que amanezca, no, es una playa de pocas personas, de calma. Por eso valió la pena todo el recorrido por tierra. Porque así, escondidita del mundo, esta playa es la más bonita.

La playa de Rincón del Mar frente al hotel Dos Aguas «es la mejor», así lo declaró mi hijo Sebastián y ustedes saben que los niños son más honestos que los adultos. Además, esta afirmación fue después de haber visitados varias islas aledañas: Mucura, Tintinpan y Santa Cruz del Islote (la isla más poblada del mundo). Aunque las playas de esas islas tienen su propio encantó, nos quedamos con la calma y la magia de Rincón del Mar. Es que en esas otras islas ya la playa no es igual, no se porque ahora los turistas insisten con llevar tanto parlante a la playa, como si quisieran apagar el ruido de las olas, que es de lo más bonito.

No puedo dejar de mencionar, que este paseo, nos dio la oportunidad de acompañar por primera vez a mi hijo de 4 años a nadar en mar abierto, sin miedos y sin dudas y ver pececitos en su hábitat natural.

En conclusión, un destino muy recomendado, pero recomendado no sólo para que vayan, sino para que si van, lo cuiden, y permanezca así: escondido, bonito y mágico.

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