Los espacios que habitamos. Crónica corta y lecciones de una mamá nómada.

El viernes pasado celebré 11 años de matrimonio. Y en honor a eso les quería escribir sobre los 11 trasteos o mudanzas que han acompañado esos 11 años, el sentimiento de ser mamá nómada y el concepto de «the new normal».

Nuestra historia comenzó en un pequeño apartamento en Bogotá. Porque la vida es irónica y nos enseña lecciones aún sin haberlas pedido; en el año que siguió a nuestro matrimonio, se nos fueron dos abuelitos y vimos como los matrimonios de ambas parejas de papás terminaron en separaciones. No fue una época fácil, pero no por eso dejo de ser linda y llena de aprendizajes y cientos de oportunidades para fortalecer nuestro compromiso con ser y hacernos felices mutuamente.

A raíz de esos acontecimientos y mudanzas de familiares, pasamos de un apartamento pequeño de recién casados a ocupar los apartamentos, primero de mis suegros y luego de mis papás. Espacios grandes, con varias alcobas, para familias numerosas y nosotros éramos sólo dos. Entre esas mudanzas, hubo algunas temporales en las que compartimos vivir por uno o dos meses con alguno de nuestros padres.

Luego se materializaron esos sueños de estudiar en el extranjero y completar nuestras maestrías en Estados Unidos, en Utah. Un lugar donde también ya vivía mi hermana y mi suegro. Los primeros meses también fueron mudanzas de pequeños apartamentos temporales y luego a compartir una casa de 6 habitaciones con la compañía de mi suegro y luego mi cuñado. Es decir sólo usábamos 3 de las 6 habitaciones y había espacio suficiente casi que para otra familia con hijos y todo.

Un par de años después, mi esposo comenzaría su maestría y yo estaría embarazada. Nuestra economía familiar de estudiantes en el extranjero, en un país con políticas migratorias que limitan fuertemente nuestras oportunidades para trabajar, era modesta. No nos faltaba nada, pero en realidad tampoco sobraba nada.

En paralelo a nuestra llegada a EEUU, mi hermana que vivía allá se casa. Y en paralelo a nuestro embarazo, 3 meses después mi hermana también queda en embarazo, así que ellos (mi hermana y su esposo) nos proponen que nos mudemos a su casa y vivamos todos juntos. Verán, en EEUU es muy común que las casas tengan *basements* o sótanos que sería la traducción literal, y estos se construyen y decoran de tal forma que quedan como pequeños apartamentos. Así que nosotros, ‘arrendaríamos’ su basement y aprovecharíamos para compartir nuestro embarazo y los primeros meses juntos para apoyarnos. Y así nos mudamos a un acogedor apartabasement de 2 alcobas.

Al año de haber nacido Sebastián, queríamos tener una historia más formal de arrendamiento que nos pudiera servir para nuestro próximo paso: casita propia. Así que durante un año vivimos en un cómodo apartamento muy moderno, en un tercer piso *sin ascensor* y con un chiquito de un año.

Y luego el gran salto al sueño hecho realidad: la casita propia! La pintamos, la decoramos, la celebramos y la disfrutamos por los siguientes dos años. Pero la vida nos mostraría otros caminos. Era hora de volver a Colombia, a Bogotá, la ciudad que nos vio enamorarnos, casarnos y empezar. Por cuestiones de renovar visas de trabajo, entraríamos a un periodo de *stand by* como yo lo llamo, un periodo de espera en Bogotá. Así que yo regresé a Bogotá inicialmente junto con mi hijo, y mi esposo nos alcanzó tres meses después. Ahora, luego de otra mudanza temporal, estamos de regreso en un apartamento de recién casados, sólo que 1 hijo y 11 años más tarde.

Si, se han quedado conmigo hasta aquí, lo que sigue es lo más importante. Las lecciones aprendidas:

– Vivir en familia, en diversidad de dinámicas familiares, nos da oportunidades únicas de compartir y querer más profundamente. Incluso, enseña a comprender otras culturas. Vivir con diferentes familiares cercanos, por cortos periodos, nos ha dado una cercanía y unas anécdotas maravillosas e inolvidables que no habríamos obtenido de ningún otro modo. Tal vez, si alguien me lo hubiera planteado así, desde el inicio de nuestro matrimonio, con tantos cambios, tantas mudanzas, tantos compartires, no me habría parecido tan llamativo. Pero ahora que lo he vivido, ese tiempo compartido en dinámicas familiares tan diversas, no lo cambiaría por nada. Hasta me ha hecho entender porque en otras culturas (hindúes, árabes, etc), la vida *normal* de recien casados y cuando son padres primerizos incluye convivir con diversidad de parientes. He entendido que cada etapa de la vida, cada cambio, cada mudanza viene con un *new normal*. Algo nuevo que en menos de lo que creemos se nos convierte en la rutina normal de la vida, pero que emoción todo lo que implica cada uno de esos *new normal* que aún nos faltan por vivir!

– Los espacios que habitamos no nos definen. Por el contrario nosotros los definimos, les damos un sentido, un propósito, una actitud. Nos apropiamos de esos espacios que habitamos y los transformamos, con nuestras experiencias, con nuestras vivencias y a través de los recuerdos, de lo que fuimos allí dentro, de lo que crecimos. Así, se vuelven parte de nosotros, de nuestros procesos de transformaciones constantes.

– La amplitud de un espacio no es directamente proporcional a todas las emociones que allí se pueden gestar. Para decidir ser feliz, no hay metros cuadrados definidos.

– El saber que nos podemos adaptar a diferentes espacios como familia, nos ha hecho más fuertes, más seguros de esos lazos que no se ven pero que son lo que nos sostienen. Como familia, más allá de unas raíces físicas que nos unen a un espacio de tierra determinado, tenemos raíces emocionales, historias entrelazadas que nos unen y se convierten en una especie de «hogar inalámbrico» u «hogar portátil», siempre listo para llenar cualquier espacio que habitemos.

– Más allá de los espacios que habitamos, son las personas a quienes amamos, las que le dan vida a un lugar. Donde quiera que la vida nos lleve, no dejaré de ser mamá, de ahí que me considere una mamá nómada. Mi corazón ya no logrará establecerse nunca más, un pedacito siempre andará cerca o lejos paseando con mi hijo, a quien le regalo y le presentó desde diferentes lugares, el mundo entero que encierra todos los espacios que el puede habitar.

– Vivir en situaciones de espera por el próximo cambio, o de *stand by* como a veces yo llamo a ciertas temporadas. No implica esperar a ser felices cuando ese cambio suceda. Implica entender que, muchas veces en esos momentos de espera, están las oportunidades más lindas de redescubrirnos a nosotros mismos y a los otros que conforman a nuestra familia, bajo una luz diferente, en circunstancias distintas, nuevas. Todo esto para llegar a una conclusión que podrá sonar trillada o cliché: entender que el ser feliz, no es algo que se encuentra «allá lejos» , «después de», «cuando tenga» o «cuando haya». Entender que ser feliz, es una decisión que se toma en el interior y que una vez asumida puede llenar cualquier espacio y permear cualquier circunstancia.

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